Disfruté de una agradable tarde, porque no soy mujer orgullosa que crea indigno mezclarse con gente de menor rango, en las playas artificiales de la ciudad de México.
No me voy a extender describiendo la baja condición de los bañistas; sentir náuseas no es algo que me agrade, ni mi invalidez me permite el privilegio de ponerme en mala disposición por mero capricho. Diré entonces-para beneficio propio-que jamás había visto damas en peor forma, ni caballeros (disculpen que los tome por tales, pero realmente prefiero darles el beneficio de la duda) más sucios, bueno; no es que esperara encontrar caballeros tan de verdad como mi difundo Lord Vernon, ni muchachas guapas y elegantes como mi queridísima hija; pero sí esperaba, cuando menos, caballeros rectos y francos, y damas humildes y educadas. Nada de eso encontré.
En su lugar, sí encontré: niños corriendo semidesnudos, muchachas de gran fealdad y poca vergüenza y caballeros de poco juicio y gran presunción que tuvieron el atrevimiento de hacerme la corte.
¿Estoy equivocada por disfrutar del placer de ver comprobadas todas mis suposiciones?
¿Podrían creer que algunos me llaman prejuiciosa, cuando ni siquiera existe tal palabra?
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